CAPÍTULO 01 · LECTURA GRATUITA
Cuando el cambio empezó
a correr más rápido
que nosotros.
Un primer encuentro con La IA sí va a quitarte el trabajo, de Claudio Mogilner.
Capítulo completo · Páginas 17–28 del libro · Sin registro
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CAPÍTULO
01
Cuando el cambio empezó a
correr más rápido
que nosotros
Si observamos la historia con suficiente perspectiva, descubriremos
que la humanidad nunca ha dejado de cambiar. Cambiaron las
herramientas, cambiaron las formas de producir, cambiaron las
ciudades y cambió incluso nuestra manera de entender el mundo.
Con todo, durante miles de años hubo una constante que hizo
posible que cada una de esas transformaciones fuera asumida con
relativa normalidad: el tiempo.
El tiempo fue un gran aliado del ser humano; muchas
revoluciones tecnológicas se abrieron paso durante décadas. Una
generación veía nacer una innovación; la siguiente aprendía a
utilizarla. Así ocurrió con la agricultura, la imprenta, la máquina de
vapor, la electricidad o la televisión. Sus ritmos fueron distintos y
las transiciones también causaron pérdidas y conflictos, pero su
difusión solía dejar más tiempo para aprender que el que hoy
percibimos ante algunas tecnologías digitales.
Ese, precisamente, es el punto de partida de este libro, porque
estoy convencido de que la gran diferencia entre las revoluciones
del pasado y la que estamos viviendo hoy no reside únicamente en
la tecnología.
La verdadera diferencia está en la velocidad.
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Para comprender la diferencia merece la pena viajar unos siglos
atrás. A comienzos del siglo XVIII, el agua inundaba las minas de
carbón inglesas. Extraer el carbón de galerías cada vez más
profundas exigía una solución nueva.
En 1712, Thomas Newcomen desa rrolló una máquina de vapor
para bombear el agua acumulada en las minas. Era lenta, consumía
mucho carbón y servía para una función concreta. Aun con esas
limitaciones, había abierto un camino que otros inventores podrían
recorrer.
Décadas más tarde, James Watt perfeccionó aquel invento
incorporando un condensador separado que mejoraba enormemente
su eficiencia. Su aportación fue tan decisiva que hoy muchas
personas creen, erróneamente, que él fue el inventor de la máquina
de vapor. En realidad, su mérito f ue otro: consiguió convertir un
ingenio limitado en una tecnología capaz de impulsar una
revolución económica.
Gracias a esa mejora, el vapor dejó de utilizarse únicamente en las
minas y comenzó a mover telares, molinos, fábricas, barcos y
locomotoras. La producción industrial aumentó como nunca antes
había ocurrido y el transporte experimentó una transformación
radical. Por primera vez era posible mover grandes cantidades de
mercancías con una rapidez impensable hasta entonces.
El vapor terminó moviendo f ábricas, barcos y locomotoras. Entre
aquellas primeras máquinas y la transformación industrial
transcurrieron décadas. Las empresas, los oficios y las ciudades
cambiaron profundamente; hubo tiempo para aprender, aunque eso
no evitó el sufrimiento de quiene s perdieron su manera de ganarse la
vida.
Podemos comprobarlo con un ejemplo histórico: entre la patente de una
de las primeras máquinas de vapor, presentada por Thomas Savery en
1698, y su aplicación en la primera locomotora ferroviaria transcurrieron
106 años. Si tomamos como referencia el inicio del primer ferrocarril
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público de pasajeros impulsado por vapor, en 1825, el proceso duró 127
años. Varias generaciones tuvieron tiempo para conocer aquella
innovación, comprenderla y adaptarse progresivamente a los cambios que
produjo.
La electricidad volvió a transformar ese mundo. A finales del
siglo XIX, Thomas Edison contribuyó al desarrollo de la iluminación
eléctrica comercial y Nikola Tesla al de los sistemas de corriente
alterna. Las redes tardaron décadas en extenderse; convivieron
ciudades iluminadas con pueblos que seguían dependiendo de otras
fuentes de luz.
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Una vez más, el tiempo jugó a favor de las personas; las empresas
pudieron sustituir maquinaria sin precipitación. Los trabajadores
aprendieron nuevas profesiones; las administrac iones construyeron
redes eléctricas que tardaron décadas en extenderse.
Después llegó la televisión. Las emisiones experimentales de los
años veinte abrieron un camino que tardaría décadas en alcanzar a
grandes capas de la población. La guerra interrumpió su expansión;
a partir de los años cincuenta, cada vez más hogares organizaron
parte de su vida alrededor del televisor.
La televisión cambió la política, el deporte, la cultura y la
publicidad. Familias acostumbradas a informarse por la radio
comenzaron a compartir acontecimientos en directo. También aquí
la transformación fue gradual y desigual entre países.
Si observamos estas revoluciones desde cierta distancia aparece
un patrón: cambiaron la economía y la vida cotidiana a lo largo de
periodos extensos. La comparación no es perfecta —una red
eléctrica no se difunde como una aplicación —, pero ayuda a
comprender por qué hoy sentimos que el margen para reaccionar se
estrecha.
Hasta que llegó Internet. Sus orígenes se remontan a finales de los
años sesenta con ARPANET. En 1989, Tim Berners -Lee propuso la
World Wide Web en el CERN; en 1991 comenzó a difundirse fue ra
de la institución. Los enlaces hicieron más sencillo pasar de una
página a otra y contribuyeron a abrir la red a públicos cada vez más
amplios.
Es difícil explicar a quienes nacieron rodeados de Internet la
sensación que producía conectarse por primera vez. Las páginas
tardaban varios minutos en cargar. El ruido del módem anunciaba
que comenzaba una conexión que ocupaba la línea telefónica de
toda la casa. Las fotografías aparecían lentamente, línea a línea; hoy
todo aquello nos parece casi prehistórico.
Aun así, quienes vivimos esa época intuíamos que algo
importante estaba ocurriendo. Lo que ninguno imaginábamos era la
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velocidad a la que iba a suceder. En apenas dos décadas Internet
dejó de ser una curiosidad tecnológica para convertirse en la
infraestructura sobre la que funciona buena parte de la economía
mundial. Surgieron nuevas industrias, desapa recieron otras, nacieron
empresas que hoy valen cientos de miles de millones de dólares y
cambió para siempre la forma de consumir información, comprar
productos o comunicarnos.
Fue durante aquellos años cuando fundé InternacionalWeb.
Mirándolo con perspectiva, creo que tuve la suerte de dedicar mi
vida profesional exactamente al momento en el que comenzaba la
mayor transformación digital de las empresas. A principios de los
años dos mil todavía había empresarios que me preguntaban si
realmente necesitaban una página web. Algunos estaban
convencidos de que Internet sería una moda pasajera; otros
aseguraban que sus clientes jamás comprarían un producto sin verlo
físicamente.
No eran personas poco inteligentes. Simplemente, estaban
interpretando el futuro utilizando las reglas del pasado y eso es algo
que los seres humanos hacemos constantemente. Recuerdo
reuniones en las que explicar qué era el posicionamiento en Google
parecía casi una extravagancia. Hablar de comercio electrónico
generaba más dudas que entusiasmo. Las redes sociales todavía no
habían explotado y muchos pensaban que aquello de vender por
Internet sería útil únicamente para unas pocas empresas
tecnológicas.
Con el tiempo, aquellas mismas organizaciones terminaron
comprendiendo que no se trataba de una nueva herramienta de
marketing. Se trataba de una nueva forma de hacer negocios; esa
experiencia me enseñó una lección que nunca he olvidado.
Las grandes revoluciones tecnológicas no suelen parecer
revolucionarias cuando empiezan; al principio siempre
parecen pequeñas.
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Al principio, aquellas tecnologías pa recían incluso decepcionantes:
la máquina de vapor solo sacaba agua de las minas, la electricidad
encendía bombillas e Internet conectaba ordenadores; con todo,
todas escondían una transformación mucho mayor de la que nadie
era capaz de imaginar. Y entonce s ocurrió algo que cambió
definitivamente el ritmo de la historia. En enero de 2007, Steve Jobs
subió al escenario del Moscone Center de San Francisco y presentó
un dispositivo que, según sus propias palabras, reunía tres
productos en uno: un teléfono, un reproductor de música y un
comunicador para Internet.
Aquella presentación duró poco más de una hora; sus
consecuencias todavía continúan desarrollándose. El iPhone no fue
el primer teléfono inteligente de la historia; antes habían existido
otros dispositivos similares. Lo verdaderamente revolucionario fue
que consiguió hacer sencilla una tecnología que hasta ese momento
resultaba compleja para la mayoría de las personas.
Y el mundo respondió con enorme rapidez. Durante la década
siguiente, los smartphones se extendieron por buena parte del
planeta. Empezamos a llevar Internet permanentemente en el
bolsillo y, con él, nuest ro trabajo, nuestras relaciones personales y
buena parte de nuestra vida dentro de un único dispositivo.
Fue entonces cuando comprendí que el tiempo entre una
revolución y la siguiente estaba desapareciendo. Ya no hablábamos
de siglos, ni siquiera de décad as: empezábamos a hablar de años, y
ese cambio de escala lo modificaba absolutamente todo.
Cuando las revoluciones se encuentran
Sin embargo, algo comenzó a romperse durante la primera década
del siglo XXI. No fue un único acontecimiento; tampoco una única
empresa. Fue la coincidencia de varias revoluciones que empezaron
a alimentarse unas a otras. Internet se hacía cada vez más rápido
mientras los teléfonos inteligentes multiplicaban el número de
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personas conectadas. Las redes sociales aceleraban la difusión de la
información, el comercio electrónico modificaba los hábitos de
consumo y la computación en la nube permitía que cualquier
empresa accedi era a capacidades tecnológicas que antes estaban
reservadas para las grandes corporaciones.
Por primera vez, una innovación ya no esperaba a que la anterior
terminara de consolidarse. Todas avanzaban al mismo tiempo y
cada una hacía más rápida a la siguiente. Google es un buen
ejemplo de ese fenómeno. Cuando apareció a finales de los años
noventa, muchos lo vieron simplemente como un buscador mejor
que los existentes. En realidad, estaba cambiando la forma en la que
la humanidad accedía al conocimien to. Durante siglos, encontrar
información había sido una tarea lenta. Había que acudir a una
biblioteca, consultar libros especializados o recurrir a expertos. De
repente, bastaban unos segundos para localizar prácticamente
cualquier dato.
Ese cambio fue t an profundo que hoy apenas somos conscientes
de él. La capacidad de acceder al conocimiento dejó de ser un
privilegio para convertirse en algo cotidiano. Poco después llegaron
Facebook, YouTube, LinkedIn, Twitter —hoy X— e Instagram; cada
plataforma modifi có una parte distinta de nuestra forma de
relacionarnos. Ya no solo encontrábamos información;
empezábamos a producirla, compartirla y consumirla de manera
continua. La comunicación dejó de tener horarios; el mundo empezó
a funcionar en tiempo real.
Y ento nces apareció WhatsApp; si hubiera que elegir una
aplicación capaz de explicar la velocidad del cambio, probablemente
elegiría esa. WhatsApp nació en 2009 con una idea
extraordinariamente sencilla: permitir que las personas enviaran
mensajes utilizando Int ernet en lugar de la red telefónica tradicional.
Nada especialmente revolucionario, al menos en apariencia.
En febrero de 2020, WhatsApp anunció que había superado los
dos mil millones de usuarios. Dos mil millones, poco más de diez
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años después de su nacimiento. Aunque no podamos comparar
directamente la instalación de infraestructuras físicas con la
descarga de una aplicación, el cambio de escala resulta evidente.
Los seres humanos tendemos a imaginar que mañana será
parecido a hoy. Esa expectativa resulta cómoda hasta que varias
innovaciones empiezan a reforzarse entre sí: una conexión más
rápida facilita nuevos servicios y esos servicios atraen a más
personas, empresas e inversión.
No toda la tecnología evoluciona de manera exponencial ni lo
hace indefinidamente. En determinados ámbitos aparecen dinámicas
acumulativas: una mejora facilita o acelera la siguiente. Durante un
tiempo parece que apenas ocurre nada y, de repente, el efecto
conjunto se vuelve enorme. Es la imagen de una bola de nieve que
crece mientras desciende por la montaña; una metáfora útil, no una
ley universal del progreso.
Creo que estamos exactamente en ese momento; durante años la
inteligencia artificial fue un campo reservado a laboratorios,
universidades y grandes compañías tecnológicas. Los avances
existían, pero apenas llegaban al gr an público. Hasta que, en
noviembre de 2022, ocurrió algo que cambió definitivamente la
conversación.
OpenAI puso ChatGPT a disposición del público en noviembre
de 2022. Según el balance publicado por la compañía en 2025, llegó
al millón de usuarios en cin co días y a cien millones en dos meses.
Son hitos de adopción del lanzamiento, no cifras de su uso actual.
Pero creo que incluso ese dato es secundario. Lo verdaderamente
importante fue que millones de personas pudieron experimentar
directamente cómo una m áquina mantenía una conversación,
redactaba un informe, resumía un texto o ayudaba a programar. La
generación de imágenes se incorporaría después a esa experiencia.
La inteligencia artificial dejó de ser una noticia tecnológica.
Se convirtió en una experiencia personal.
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Cuando una tecnología se convierte en una experiencia cotidiana,
cambia la manera de relacionarnos con ella. Recuerdo perfectamente
las primeras semanas después del lanzamiento de ChatGPT; las
preguntas empezaron a multiplicarse.
Empresarios que querían saber si debían cambiar su negocio;
profesores preocupados por el futuro de la educación; periodistas
preguntándose cómo afectaría a su profesión; programadores
intentando comprender hasta dónde podía llegar aquella
herramienta. Por primera vez en muchos años tuve la sensación de
que no estaba asistiendo a la evolución de una tecnología.
Estaba asistiendo al comienzo de una nueva forma de trabajar y
fue precisamente en ese momento cuando decidí que ya no bastaba
con dar conferencias. Era necesario escribir este libro, porque
comprendí que el debate no debía centrarse únicamente en la
inteligencia artificial. Debía centrarse en nuestra capacidad para
adaptarnos a un mundo que ha empezado a cambiar más deprisa
que nosotros mismos.
Qué estamos construyendo
La inteligencia artificial es un conjunto de programas capaces de aprender
patrones a partir de grandes cantidades de información y utilizarlos para
realizar tareas que antes requerían inteligencia humana. Para entrenar los
sistemas más avanzados se conectan miles de procesadores en grandes
centros de datos y se les proporciona una enorme cantidad de textos,
imágenes, son idos y otros contenidos. La información atraviesa unas
estructuras matemáticas llamadas redes neuronales, inspiradas de forma
muy lejana en el funcionamiento del cerebro. Durante el entrenamiento,
estas redes ajustan millones o miles de millones de valores internos hasta
aprender qué relaciones se repiten en los datos. Gracias a ese proceso, una
inteligencia artificial puede reconocer una imagen, traducir un texto,
mantener una conversación o generar contenido. Todo lo que vemos en la
pantalla es el resulta do de una inmensa cantidad de cálculos realizados en
muy poco tiempo.
Los sistemas actuales de inteligencia artificial generativa se entrenan
con enormes cantidades de información y una gran capacidad de cálculo.
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Muchos de ellos funcionan mediante modelos de lenguaje que, durante el
entrenamiento, aprenden relaciones entre palabras, ideas y formas de
expresarse a través de millones o miles de millones de ajustes internos
llamados parámetros. Cuando les hacemos una pregunta, utilizan lo
aprendido y el contex to de la conversación para construir una respuesta
palabra a palabra. Sabemos cómo entrenar estos sistemas y cómo mejorar
sus resultados, aunque todavía no comprendemos por completo todo lo que
ocurre en su interior ni por qué, al alcanzar cierta escala, a parecen
capacidades que sus propios creadores no habían previsto.
La AGI, siglas en inglés de inteligencia artificial general, sería un
sistema capaz de comprender, aprender y resolver problemas muy
diferentes con una autonomía y una flexibilidad comparab les a las de una
persona. Podría cambiar de una tarea a otra, aplicar lo aprendido en
situaciones nuevas y desenvolverse en ámbitos para los que no hubiera sido
entrenado de forma específica. Todavía no existe una definición universal
ni una prueba aceptad a por todos que permita determinar cuándo se habrá
alcanzado ese nivel.
La superinteligencia sería una etapa posterior en la que la inteligencia
artificial superaría ampliamente las capacidades humanas en casi todos los
ámbitos intelectuales. Podría invest igar, crear, planificar y tomar
decisiones mejor y más rápido que los mayores expertos. Por ahora es un
escenario hipotético, pero plantea preguntas importantes: cómo podríamos
controlar un sistema más inteligente que nosotros, quién decidiría sus
objetivos y qué ocurriría si esos objetivos no coincidieran con nuestros
intereses.
No necesitamos esperar a la AGI ni a la superinteligencia para
vivir una revolución histórica. La inteligencia artificial que ya existe
está transformando la economía, las empresas , la educación y la
ciencia a una velocidad sin precedentes. Entender dónde estamos es
clave para decidir hacia dónde queremos ir.
Este no será el último gran cambio que viviremos y
probablemente ni siquiera sea el mayor, pero sí puede ser el primero
que nos obligue a aceptar una realidad incómoda y, al mismo
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tiempo, profundamente esperanzadora: el futuro ya no pertenecerá a
quienes sepan más, sino a quienes nunca dejen de aprender. Esa,
posiblemente, sea la habilidad más importante que cualquier
persona puede desarrollar a partir de hoy.
Cierro este primer capítulo con una convicción que ha ido
creciendo en mí después de más de dos décadas acompañando a
empresas, profesionales y estudiantes en sus procesos de
transformación.
La inteligencia artificial no viene simplemente a sustituir al ser
humano. Viene a hacerle una pregunta: ¿estás dispuesto a seguir
cambiando? Esa respuesta, mucho más que cualquier algoritmo,
determinará quién podrá aprovechar la mayor revolución de
nuestra generación.
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Por primera vez, una tecnología no amplía solamente nuestra
fuerza: comienza a reproducir y multiplicar la inteligencia que
nos hizo diferentes.












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